Jose Luis - Pepelu

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Siendo cura diocesano, acompaño y forma parte de grupos de Acción Catolica Especializada: JOC (jueventud obrera crsitiana) y HOAC (Hermandad Obrera de Acción Catolica) y soy miembro de la Asociación de Sacerdotes del Prado.

sábado, 11 de abril de 2020

Reflexión sobre el Viernes Santo:
El grito de abandono del Viernes Santo


Jesús Martínez Gordo

En los sinópticos hay dos narraciones de la muerte de Jesús. Está, en primer lugar, la que cuenta el grito de abandono de Jesús en la cruz: “Eloí, Eloí, ¿lema Sabactani?”, “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mc. 15, 33)




Es un grito que recoge la reacción que habitualmente provoca el perecimiento, es decir, la ocasión en la que no sólo se experimenta (y padece) la fragilidad de la existencia humana, sino también la angustia que semejante acontecimiento provoca. En la escatología judía, la muerte adentra en el Sheol, en el lugar en el que imperan (para siempre) el silencio, las tinieblas y en el que se da un apartamiento total del Dios de la vida, de la abundancia, del poder y, en definitiva, de la felicidad.

Esta narración de la muerte no solo se hace cargo de la soledad y del abandono de Jesús en la cruz (y más, habida cuenta del proceso seguido contra Él), sino también de la angustia que asalta a todos los humanos cuando tenemos que afrontar (más tarde o más temprano) una situación semejante. La experiencia indica –a diferencia de lo que propone la dogmática atea- que la muerte es una crítica radical a toda absolutización de la finitud, así como de los intentos de declararla aproblemática y satisfecha.

2) Pero junto con esta narración de la muerte de Jesús, hay otra que enfatiza su inmensa confianza en un Padre-Madre o Amor que es lo que decimos los “jesu-cristianos” cuando decimos Dios. El evangelista Lucas cierra la crucifixión de Jesús poniendo en su boca estas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 45). La confianza y la esperanza presiden el drama del calvario, hasta el punto de dar la impresión de que todo lo demás es secundario y relativo. El mal trago es ya inevitable, pero deja de ser afrontado como un viaje a la nada para ser vivido como un adentramiento en la morada de la paz, del amor y de la misericordia paterna o materna. No es un tránsito hacia el vacío, sino hacia la plenitud y hacia el fundamento del Amor y de la Solidaridad a partir de sus anticipaciones, murmullos, chispazos y transparencias en el cosmos, en la vida, en la historia y en Jesús de Nazaret. Y, por extensión, en toda la realidad.

Son, como se puede apreciar, dos narraciones diametralmente opuestas. 

La primera expresa el modo de perecer de quien afronta la muerte como adentramiento en el silencio o, en el mejor de los casos, como fusión (y confusión) con el género humano y perpetuación en la historia. La desesperación que acompaña este modo de morir es una crítica radical de toda dogmática que defienda y proponga la absolutez, aproblematicidad y satisfacción de la finitud y su prometeismo antropológico.

La segunda, presidida por la confianza en Dios, narra otra manera de enfrentarse a la muerte. Es un afrontamiento en el que no desaparecen el dolor o la angustia propios de todo perecimiento, pero está dotándolos de un significado y de un sentido ignorado en la anterior narración.

Si la primera de las tradiciones de la pasión cuestiona la dogmática atea, la segunda avala y confirma la escatología “jesu-cristiana”, sin dejar de reconocer la persistencia del dolor, de la ruptura y de la angustia. Es una narración, ésta segunda, que brota de percibir el perecimiento como un segundo nacimiento, es decir, con su carga de dolor y angustia, pero también de alegría y paz.


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